
Sylvia era americana, brillante, rubia, hermosa y sensible. Destacó por sacar siempre las mejores notas, y su simpatía la hizo muy popular en clase. Con ocho años escribió su primer poema, y cuando se matriculó en el "Smith College" ya era una consumada poetisa. Llegó a escribir más de cuatrocientos poemas dejando asombrados a sus profesores, aunque ella siempre se consideró una escritora "mediocre". Tras terminar su carrera "cum laude", se trasladó a Inglaterra para perfeccionarse en la Universidad de Cambridge.
Pese a su apariencia, Sylvia poseía un espíritu triste y atormentado que la empujó al intento de suicidio en una ocasión antes de conocer en una fiesta a quien sería el único amor de su vida, Ted Hughes. Cada uno admiraba la obra literaria del otro, y se casaron enamorados, pese a la fama de mujeriego de Hughes. Tras el matrimonio, decidieron establecerse en una pequeña casita en Devon, completamente apartados del mundo. Las obras de Sylvia no tenían el reconocimiento esperado, mientras que las de su esposo recibían todas las alabanzas. Sylvia tuvo que convertirse en la secretaria de Ted, escribiendo a máquina sus poemas, dando clases a otros niños para lograr dinero extra, ejerciendo de ama de casa y criando a sus dos hijos, mientras su esposo se dedicaba exclusivamente a escribir. A escribir, y a viajar cada vez más frecuentemente a Londres.
Las sospechas de Sylvia acerca de las infidelidades de Ted se vieron confirmadas un día cuando lo siguió hasta la ciudad y lo vió entrar en casa de Assia Gutman. Hughes decidió destrozar por completo a Sylvia. Aquella misma noche le confesó que su vida con ella había sido una pesadilla, que nunca había querido tener hijos, que hacía años que pensaba dejarla y que le extrañaba que no se hubiera suicidado aún. Al día siguiente, Sylvia quemó todos los poemas que había en la casa y se mudó a un minúsculo apartamento en Londres con sus dos hijos. Era el invierno de 1963, y el frío resultaba insoportable. Las pésimas condiciones en las que vivía, junto a la tristeza por el abandono de Hughes la ayudaron a transformarse en una escritora incansable. Cuanto más destrozada estaba ("me siento completamente hueca, soy el negativo de una persona"), mejor y más escribía. Trabajaba durante toda la noche en sus poemas, y en aquella época alcanzó su máxima producción literaria.
Sin embargo, muy enferma de gripe, agotada y sin dinero, un 10 de febrero envió un telegrama a su madre suplicandole que apareciera sin falta al día siguiente en su casa. A las seis de la mañana del 11 de febrero, y tras dejar junto a la cama de sus hijos una bandeja con pan, mantequilla y dos jarritas de leche, se encerró en la cocina, abrió la llave del gas, y se suicidó.
Ted Hughes editó y publicó los últimos poemas de Sylvia, y quemó todos sus diarios íntimos. Sylvia fue la primera escritora en obtener un premio Pulizter póstumo.
Ejemplo de su fina ironía y extraño sentido del humor es el título de uno de sus poemarios:
"Soy vertical, pero preferiría ser horizontal"

2 comentarios:
Menos mal que no estabas inspirada, eh?? Los pelos como escarpias me dejas. Después de ésto, cualquiera escribe algo alegre y simpaticón...
Yo me paso todo el tiempo que puedo horizontal, pero tal vez sería más sano pasar algo más de tiempo vertical. O no.
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